29 de diciembre de 2016

El niño de los por qué

Sólo sé que no sé nada, la humildad socrática frente a la ilusión del conocimiento. ¿Cuánto de lo sabemos en realidad es una mera suposición no contrastada, una pátina superficial que esconde la ignorancia sobre el por qué y el cómo de las cosas? Con facilidad creemos y nos engañamos pensando que somos capaces de entender y de explicar cosas que nos son esquivas en su complejidad. Sobrestimamos el grado y la profundidad de nuestro conocimiento, lo cual nos lleva a crear burbujas y mitos basados en azares e información parcial. Tener familiaridad con ciertos hechos y objetos, haber tenido una experiencia exitosa, usar lenguaje pomposo, aparecen con frecuencia con sustitutos del conocimiento comprensivo, que integra diversas fuentes, que es cauteloso y experimental, y que conoce, al menos, sus límites. 

El libro "El gorila invisible", que parte del célebre experimento de la "ilusión de atención", también trabaja excelentemente sobre otros aspectos donde nuestra mente nos juega malas pasadas. Y siendo el conocimiento un aspecto clave de nuestro potencial, es importante saber cómo poder plantarle cara, luego de recibir algunos golpes, al espejismo de una ignorancia encubierta y la intuición confiada. A continuación un extracto del libro de Chabris y Simons.


La virtud de ser como un niño fastidioso

Le pedimos al lector que se tome un momento y trate de representarse en su mente la imagen de una bicicleta. Mejor aún, si tiene una hoja de papel, puede dibujarla. No se preocupe por realizar una gran obra de arte, simplemente tiene que centrarse en incluir las principales partes en el lugar correcto. Dibuje el armazón, el manubrio, las ruedas, los pedales, etc. En aras de la simplicidad, es mejor que sea una bicicleta de una sola velocidad. ¿La tiene? Si tuviera que calificar su conocimiento de cómo funciona una bicicleta en una escala de 1 a 7, donde 1 significa ningún conocimiento y 7 significa un conocimiento completo, ¿qué puntaje se pondría?

Si el lector es como la mayoría de las personas que participaron en un estudio de ingenio ideado por la psicológica británica Rebecca Lawson, tuvo la sensación de saber mucho de bicicletas (ellos, en promedio, calificar su nivel de conocimiento en 4,5). Ahora, mire su dibujo o recree su imagen mental y luego responda las siguientes preguntas. ¿Su bicicleta tiene cadena? De ser así, ¿la cadena está ubicada entre las dos ruedas? ¿El armazón conecta las ruedas delantera y trasera? ¿Los pedales están ligados con el interior de la cadena? Si dibujó una cadena que engancha las dos ruedas de la bicicleta, piense cómo hace para moverlas –la cadena tendría que alargarse cada vez que la rueda delantera rotara, pero las cadenas no son elásticas–. De manera similar, si un armazón rígido conectase ambas ruedas, la bicicleta sólo podría ir derecho. Algunas personas colocan los pedales fuera de la cadena. Errores como estos fueron muy comunes en el estudio de Lawson, y no son aspectos sutiles del funcionamiento de una bicicleta –los pedales provocan que gire la cadena, lo que hace que la rueda trasera rote; y la rueda delantera debe estar libre para girar pues, de lo contrario la bicicleta no podría cambiar de dirección–. Aunque las personas son capaces de entender cómo funcionan las bicicletas, confunden esta capacidad con su conocimiento internalizado de lo que es una bicicleta. 

Este experimento ilustra un aspecto fundamental de la ilusión de conocimiento. Sobre la base de nuestra amplia experiencia y familiaridad con las máquinas y herramientas comunes, solemos creer que tenemos una profunda comprensión de cómo funcionan. Invitamos al lector a que piensen en cada uno de los siguientes objetos y que luego juzgue el conocimiento que tiene de ellos en la misma escala (de 1 a 7): un indicador de velocidad de un automóvil, un cierre relámpago, la tecla de un piano, un inodoro, una cerradura cilíndrica, un helicóptero y una máquina de coser. Ahora, pruebe hacer otra tarea: escoja el objeto al que le dio mayor puntaje, el que cree que entiende mejor, y trate de explicar cómo funciona. Dé el tipo de explicación que le daría a un niño persistentemente inquisitivo –trate de generar una descripción detallada paso a paso de cómo y por qué funciona–. Es decir, intente dar cuenta de las conexiones causales entre cada paso (en el caso de la bicicleta, tendría que decir por qué el pedaleo hace que las ruedas giren, no sólo que pedalear las hace girar). Si no está seguro de cómo se conectan casualmente dos pasos, cuente eso como una falla en su conocimiento.

Este test es similar a una serie de experimentos que condujo Leon Rozenblit como parte de su investigación doctoral en la Universidad de Yale junto al profesor Frank Keil. A modo de primer estudio rápido, Rozenblit abordó a los estudiantes en los pasillos del edificio de Psicología y les preguntó si sabían por qué el cielo es azul o cómo funciona una cerradura cilíndrica. Si respondían que sí, comenzaba a jugar el juego que denomina “el chico de los porqués”, y que describe de la siguiente manera: “Te hago una pregunta, me das una respuesta y yo digo: ‘¿por qué es así?. Con el espíritu de un niño curioso de cinco años, tras cada explicación formulo otro ‘¿por qué es así?’, hasta que la otra persona termina por fastidiarse”. El resultado inesperado de este experimento informal fue que las personas se daban por vencidas muy rápido –respondían una o dos preguntas antes de llegar a una falla en su conocimiento–. Más sorprendentes era sus reacciones cuando descubrían que de hecho no sabían algo. “Claramente, esto iba contra su intuición. Se sorprendían, se consternaban y se avergonzaban un poco.” Después de todo, acababan de decir que sabían la respuesta. 

Rozenblit estudió esta ilusión de conocimiento con más de una docena de experimentos durante los años siguientes, en los que testeó a personas de todas las profesiones y condiciones sociales (desde estudiantes de grado de Yale hasta miembros de la comunidad de New Haven), y los resultados fueron notablemente consistentes. No importa a quien se interrogue, siempre se llega a un punto en el que ya no puede responder a algún por qué. Para la mayoría de nosotros, nuestro nivel de comprensión es tan superficial que podemos agotarlo luego de la primera pregunta. Sabemos que hay una respuesta, y sentimos que la sabemos, pero parece que no nos damos cuenta de las falencias de nuestro propio conocimiento. 

Antes de intentar realizar esta tarea, el lector pensaba, en forma intuitiva, que entendía cómo funciona un inodoro, pero lo que realmente entendía era cómo hacerlo funcionar –y es probable que supiera desobstruirlo–. Quizás entienda cómo interactúan sus diversas partes visibles y cómo se mueven en conjunto. Y, si ha estado mirando dentro de uno y jugando un poco con el mecanismo, su impresión de conocerlo es ilusoria: confunde saber qué ocurre con por qué sucede, y confunde sentimiento de familiaridad con un conocimiento genuino. 

Tal vez el aspecto más sorprendente de esta ilusión sea con qué poca frecuencia nos molestamos en hacer algo para determinar los límites de nuestro conocimiento, sobre todo teniendo en cuenta lo fácil que es hacerlo. Antes de decirle a Leon que sabemos por qué el cielo es azul, todo lo que tenemos que hacer es simular el juego del “chico de los porqués” con nosotros mismos y establecer si en efecto lo sabemos. Todo caemos presos de la ilusión porque simplemente no reconocemos la necesidad de cuestionar nuestro propio conocimiento. Según Rozenblit: “En nuestra vida cotidiana, ¿nos detenemos a preguntarnos: ‘Sé de dónde viene la lluvia?’. Probablemente que no, sin una provocación para que lo hagamos, y eso sólo ocurre en contextos sociales y cognitivos puntuales: cuando un niño de cinco años nos lo pregunta, cuando discutimos con alguien al respecto, cuando intentamos escribir sobre ello, cuando tratamos de dar una clase sobre ese tema.”

E incluso cuando verificamos nuestro conocimiento, muchas vece nos confundimos. Nos centramos en esos retazos de información que poseemos o que podemos obtener de forma sencilla, pero ignoramos todos los elementos que nos faltan, lo que nos deja la impresión de que comprendemos todo acerca de ese tema. La ilusión es notablemente persistente. Aún luego de terminar el experimento de Rozenblit, algunos siguen sin verificar de manera espontánea su propio conocimiento antes de proclamar que les habría ido mejor con otros objetos: “Si me hubiese preguntado sobre la cerradura, podría haberlo hecho”.


Autores: Christopher Chabris y Daniel Simons
Fuente: El gorila invisible. 2014. Siglo Veintiuno Editores.